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ANÁLISIS

Oña: El gran temor del Gobierno, dos años con recesión

ENERNEWS

Alcadio Oña

La realidad le pasó por encima a las ambiciones.

A veces, o demasiadas veces, el afán por sembrar optimismo y pregonar siempre buenas noticias deja pagando a algunos funcionarios. Le ocurrió a Nicolás Dujovne con el “se vienen 20 años de crecimiento para la Argentina”. Y al entonces ministro de Finanzas y actual jefe del Banco Central, Luis Caputo, con su “la Argentina va a ser la estrella de la región por 20 años”. Entre 3 y 3,5% anual llegaron a calcular ambos, como si de buenas a primeras fuese posible salir de un brete económico grande y entrar de lleno en un proceso histórico.

Muy pronto la realidad les pasó por encima a esas ambiciones y quizás ahora esté ocurriendo lo mismo, con la comparativamente más modesta aspiración de quebrar una secuencia casi maléfica. Es esa según la cual tras un año impar de elecciones y crecimiento, como fue 2017, toca uno par, de ajuste sin elecciones ni crecimiento, a la espera de que otro año electoral continúe con el circuito.

En verdad, la gran apuesta macrista consiste en mantenerse a flote. Mejor dicho, en evitar una segunda recesión dentro de un ciclo de apenas tres años.

El bajón del 5,8% que la economía acusó en mayo ha sido un magullón y, así, después de un primer trimestre robusto, la mejora de los cinco primeros meses quedó reducida a un muy magro 0,6%. Aunque real-real es menor a cero, porque tiene cargado un arrastre estadístico del 1% que viene de 2017.

En plan de apagar ruidos, el segundo de Dujovne, Guido Sandleris, circunscribió el problema a la por cierto fuerte “peste de la sequía”; afirmó que los números no le habían causado “ninguna sorpresa” y habló de una “mini-recesión”. Pero su pronóstico de entre 0,5 y 0,6% para todo el año sonó a señal sobre lo que espera el Gobierno, aunque visto a través del PBI por habitante significaría caída de la economía.

Además del golpe climático a la producción agrícola, el informe del INDEC empezó a registrar los efectos de la crisis cambiaria y financiera en al menos tres de las actividades que examina. El sector industrial, que dejó de empinarse y bajó, más el repliegue del transporte y el de la demanda de gas, electricidad y agua. Por culpa del mix menos obra pública-tasas por las nubes, la construcción aflojó y en cualquier momento se da vuelta.

Con un cuadro que ya computa los indicadores privados de junio, las consultoras han comenzado a correr sus estimaciones anuales hacia la baja. Algunas que las mantenían en tono levemente positivo las pasaron a negativas y otras avanzaron hasta un menos 0,8%. La pauta acordada con Fondo Monetario dice de 1,4 a 0,4%, aunque lo que al fin vale es el 0,4% que el Ministerio de Hacienda usa para calibrar el ajuste fiscal.

Se sabe que las estadísticas representan una medida muy general de la economía, pero aún así la serie oficial sirve para mostrar un Producto Bruto Interno prácticamente al mismo nivel que en 2011, o sea, una economía estancada desde hace seis años. O peor: con un PBI por habitante inferior en alrededor del 4% al de 2011, se va derecho a una economía que ha retrocedido y al atraso.

¿Y qué otras cosas cuentan estas cifras?

Para empezar, cuentan una historia harto conocida que no por conocida deja de ser central: que entre quienes pierden, pierden sobre todo los sectores ubicados en los escalones inferiores de la pirámide social.

En un país donde la riqueza se distribuye de un modo claramente desparejo, el estancamiento o la caída de la actividad económica agudizan las desigualdades. Siempre será mejor crecer y crecer en continuado, aunque por acá nada garantiza que el crecimiento vaya a alterar demasiado ese modo de distribuir la riqueza.

Parte de la misma historia es que se genera poco empleo cuando no se lo destruye. Que escasean las oportunidades para quienes no pudieron acceder a una buena calificación laboral y que el enorme contingente de trabajadores en negro ya tomó forma estructural.

Nada hay desde luego envidiable en esta lista. Pero tampoco hay nada definitivo: depende de las políticas oficiales, en muchos casos necesariamente específicas, y de adónde apunten las políticas oficiales.

Todo se potencia cuando coincide, como coincide, con una inflación hace doce años instalada en los dos dígitos anuales largos. Y que ahora avanza rumbo al 30% o a arriba del 30%, encima fogoneada por el costo creciente de los alimentos.

Ya ni hace falta insistir con los que pierden. Sí hace falta reparar en que la mezcla de una serie de factores, por donde se los mire complicados, plantea “riesgos de conflictividad social”, tal cual advierten incluso informes de bancos privados que observan el panorama con el ojo de sus propios intereses.

En tren de prevenciones, quizás no vendría mal añadir el consejo que un economista habitualmente moderado desliza en encuentros de pares: darle algo más que planes al escalón inferior de la escala de ingresos, a la ancha franja en que anida la pobreza extrema. Sin demasiadas vueltas, habla de comida.

Está claro que frente a semejantes urgencias cuenta bien poco que, en 2018, el Gobierno logre quebrar el maleficio de los años pares. Ningún récord encomiable habría, además, si el punto de quiebre de la tendencia fuesen los módicos 0,5 o 0,6% que fluctúan en áreas del Gobierno.

Pero para el Gobierno la cuestión no pasa por las magnitudes sino por el signo del número: obviamente, uno positivo se acomoda a sus necesidades políticas.

Descontado el factor político, lo que habría sería un dato para la estadística sin ningún efecto sobre el ánimo de la gente. Y si el problema es que en ese mundo sobra mala onda, pues seguirá sobrando mala onda.

De ese mismo mundo es que tras subir 19 meses consecutivos y algunos de ellos arriba del 30%, de repente, en junio, las importaciones cayeron 7,5%. Y también lo es que el déficit comercial, siempre en las alturas, hubiese bajado a US$ 382 millones desde los US$ 1.313 millones de mayo: un 71%.

Otro dato igual de repentino: la compra de bienes de capital, maquinaria y equipos, retrocedió casi 17%. Y una conclusión obvia: si cuando crecía fuerte el argumento oficial aludía a un proceso de inversión consistente, ahora debiera admitirse que el tal proceso de inversión no era tan consistente.

Ninguna explicación compleja hay detrás de semejante vaivén. Pasó que el dólar dejó de ser barato y que una devaluación del 50% se cruzó con una economía en estado recesivo, aunque pueda ser transitorio.

Dudas de este equilibrio inestable: cuánto va a durar la paz cambiaria, cuándo el Central se atreverá a bajar las estratosféricas tasas de interés como sería necesario y cuál será el costo completo del ajuste pactado con el FMI. Nunca viene mal sembrar optimismo, pero siempre viene mejor que resulte creíble.

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