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ANÁLISIS

Escribe Cantelmi: La tregua entre EE.UU y China

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Del G20 a una cena para dos, con un complicado plato principal

MINING PRESS/ Clarín

MARCELO CANTELMI

Este sábado las dos superpotencias deciden el destino de su guerra comercial. Es el capítulo principal de esta cita en Buenos Aires. Las señales anticipan una tregua, aunque no el final del conflicto. Lo suficiente para que comience una distensión.

El nuevo acuerdo de libre comercio entre EE.UU., Canadá y México, una creación de Donald Trump que releva al Nafta de Bill Clinton y George Bush, incluye una cláusula original: en la sección 32,10 del documento firmado este viernes durante la cumbre del G20 en Buenos Aires, se prohíbe a sus miembros negociar con economías “que no sean de mercado”. Un firulete dialéctico que alude sin nombrarla a China. Del otro lado, el líder del Imperio del Centro Xi Jinping tiene previsto partir de la capital argentina hacia Panamá en un gesto celebratorio de la ofensiva diplomática que arrebató a ese país de la influencia de Taiwan y lo puso bajo la de Beijing. Un pase que Washington se esmeró en detener, incluso presionando en masa a sus embajadores en Centroamérica y que China exhibe como ejemplo de su influencia creciente.

Este cruce de “importancias” de una y otra vereda ayuda a visualizar la profundidad del desencuentro político que experimentan las dos mayores economías del globo. Hasta hace poco la relación de EE.UU. con la otra superpotencia había sido de interacción o de una cuidadosa convergencia de mutua utilidad. Una postura asentada en el mayor poderío norteamericano y su altura económica lo que impedía confusiones. Pero así como EE.UU. reivindicaba su excepcionalismo, en China se hizo común plantear esas mismas excepcionalidades en proporción directa al aumento de su influencia y el desarrollo económico que es la usina del poder político.

La convergencia finalizó cuando la Casa Blanca de Donald Trump concluyó que había que poner un freno al tren que venía con semejante velocidad desde Asia. Después de que el Imperio del Centro ingresó a la Organización Mundial de Comercio en 2001, su ritmo de desarrollo se multiplicó y dejó, de paso, planteado un enigma: cómo se valora el éxito de un sistema no democrático. A Trump, resolver esa pregunta le ha importado menos que la contradicción que da impulso a su estrategia sobre China a la que caracteriza como una economía cerrada, estatizada y lejana del libre comercio que propala. Una opinión que comparten, aunque con menos énfasis, sus socios europeos y algunos asiáticos aunque se reconozca que el comportamiento chino no difiere del que han exhibido otros imperios en el momento de su consolidación.

Este sábado, la cena en Buenos Aires de los líderes de las dos superpotencias, será un dato de realismo en esta disputa. Es el hecho más importante por fuera de esta cumbre sin precedentes en la historia del anfitrión argentino. La ofensiva norteamericana ha consistido hasta este momento en archivar la convergencia que se basaba en el aprovechamiento inteligente de las cualidades del gigante asiático, su enorme masa de trabajadores, sus salarios mínimos y las garantías estatales que daban una previsibilidad blindada en un país que se maneja con formas de monarquía. El siguiente paso fue la formulación de acuerdos de comercio que excluyeran a Beijing, como el pacto transpacífico que forjó Barack Obama y Trump desechó en cuanto llegó a la Casa Blanca. El último escalón ha sido la decisión de EE.UU. de lanzarse al cuello de China con penalidades arancelarias crecientes para reducir su capacidad de desarrollo con el pretexto del abismal déficit comercial binacional.

¿Ha dado resultado esta estrategia? Trump tiene motivos para reivindicarla. Según pudo reconstruir esta columna con diversas fuentes, el acercamiento de las potencias este sábado se zanjaría con la promesa de China de una mayor apertura de su economía, y el compromiso de la protección de las patentes, dos demandas centrales de Washington. Asimismo, y en un gesto mucho más amplio, Beijing ha atenuado hasta casi esfumarla la controvertida Agenda 2025 que es la que resume el avance tecnológico de la potencia y que, según voceros occidentales, marca un inminente liderazgo chino en Inteligencia Artificial y robótica desplazando del podio a EE.UU. Son gestos fuertes, pero es el trasfondo lo que se debería mirar en especial si enfrente se tiene a un coloso de 5 mil años.

El Imperio del Centro está dispuesto a reaccionar de esta manera porque se reconoce profundamente preocupado por la dinámica que impone Trump a la relación bilateral. Es un obstáculo en su derrotero histórico y opera para intentar neutralizarlo. Pero, al mismo tiempo, por encima de las reyertas, hay coincidencias sobre los modos de desarrollo y la necesidad de la apertura. Xi Jinping profundizó, desde su llegada al poder, un giro al consumo y los servicios que había iniciado su antecesor Hu Jintao.

Hay un programa poco recordado estos días por los analistas, el China 2030 Report, un documento elaborado en 2013 por el primer ministro Li Kequiang con el Banco Mundial que establecía una liberalización y privatización de las mayores corporaciones estatales, del sistema bancario y financiero. La iniciativa no solo apuntaba a debilitar el puño del Estado en las empresas sino que derivaba al mercado poderes impensados en China apenas unos años atrás, entre ellas fijar las tasas de interés.

En el vértice del poder del gigante asiático hay acuerdo respecto a la apertura. Pero esa coincidencia no ha impedido fricciones sobre la profundidad del cambio. Esas disputas se reflejan en la implacable purga puesta en marcha por Xi Jinping desde su asunción en 2013.

 Hace tres años esa política fulminó a dos figuras centrales, Zou Benshum, jefe del partido en la provincia de Hebei y Guo Boxiong, un general retirado y dirigente con fuertes vínculos con el ex presidente Jiang Zemin, uno de los arquitectos de la apertura, y con el propio Hu Jintao. Un mes antes de esos dos casos, el arresto de Zhou Yongkang, ex secretario general nacional del partido, censuró a la personalidad de mayor importancia de la estructura comunista desde los tiempos de los choques tras la muerte de Mao Tse Tung en 1976. Este programa ha tenido avances y retrocesos, los últimos por la crisis global que redujo el ritmo de crecimiento del país y del mundo. Pero la iniciativa forma parte de la agenda central de la República Popular que ya cuenta con la más extendida clase media del globo y un crecimiento del PBI per cápita que va dejando atrás a la legendaria China barata.

Los choques con EE.UU. complican la recuperación del gigante asiático de aquella crisis y pueden corporizar un espectro de conflictos sociales. Ese estigma también alerta a los mercados y a los propios funcionarios económicos de Washington que advierten sobre los costos imprevisibles y autoinfligidos de esta guerra. Fuentes diplomáticas que han seguido por años el comportamiento del régimen, comentaron a este cronista que, para aliviar la confrontación, Beijing intenta aplicar una estrategia similar a la que medió en el conflicto nuclear y misilístico con Corea del Norte.

En ese caso, dejó crecer el liderazgo de EE.UU. propiciando un involucramiento directo del propio Trump pero cuidando que no se modificara el orden de los factores. En esa evolución, el presidente norteamericano mantuvo un encuentro sin precedentes con el dictador norcoreano Kim Jong-un y reivindica hasta hoy haber logrado detener la amenaza de una guerra en el área y serenado a Pyongyang. Entre tanto, desde la trastienda, Beijing consiguió que se cancelaran los ejercicios militares occidentales frente a la península y se encaminara a las dos Coreas a un relacionamiento que debería licuar en el futuro la presencia militar norteamericana en Seúl.

Trump marcha a la cumbre de este sábado mostrando dureza hacia China y con su vocera calificando a Beijing de “país depredador”. Gestos que quizá significan menos de lo que parece y reanimen otra etapa de convergencia y necesidades mutuas, en momentos en que la palabra recesión ha regresado al horizonte, para todos.

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